Los niños de hoy nos mantienen viva la capacidad de asombro. El domingo, después del almuerzo familiar, comencé a escarbar entre la maraña de cosas que tenía mi bolso de mano, tratando de hallar uno de esos caramelos con anestesia y antibiótico. Mi hermana me preguntó: ¿qué buscás...? Una pastilla para calmar el ardor de garganta, le contesté. Después de revolver un buen rato aparecieron los tres últimos caramelos. Me llevé uno a la boca. María Victoria -que acaba de cumplir 5 años y es una de mis ocho sobrinonietos- metió la cuchara en la charla: "Estos no son caramelos, son remedios..." Asentí con la cabeza sin darle mucha importancia. Seguí conversando... ¡Dónde habré dejado el celular!... Tengo que agendar estos números (los tenía anotado en un papel), pero ahora no me acuerdo de quiénes son, comenté al pasar... Silencio de radio... María Victoria, que aparentemente estaba entretenida alcanzándole juguetes a su primo José Ignacio, disparó carcajadas. Me sugirió en voz alta: "¿por qué no te tomás ahora otra pastilla para la memoria...?"